Apócrifo: Cómo usar un pequeño dispositivo cultural (edición culinaria)

Fábula: El uso de un pequeño dispositivo cultural para quien maneja el fuego

Cuando la luz del atardecer comenzaba a desvanecerse, el hombre colocó suavemente el fogón de mesa sobre el escritorio. Era un dispositivo cultural silencioso, que contenía en la palma de la mano la unidad mínima de fuego y tierra.

Primero, puso un combustible sólido en el centro del fogón. Era como colocar una pequeña chispa en el centro del día que terminaba.

Al encenderlo, nació una llama redonda y azul. No era grande ni intensa. Solo se mecía suavemente, como asegurando su propia existencia.

El hombre colocó una olla encima. El frío del metal tocó la arcilla, y el fogón comenzó a calentarse lentamente.

El fuego no tiene prisa. La tierra no tiene prisa. El fuego calienta a la velocidad del fuego, la tierra a la temperatura de la tierra, y juntos comienzan a calentar el mundo.

Pronto, un buen aroma surgió de la olla— el olor de los granos, la dulzura del arroz, el vapor de una comida solitaria, el sonido del aceite en un ajillo, el agua calentándose suavemente para la leche de un bebé. Todo era parte del tiempo creado por el fuego y la tierra.

Después de unos quince minutos, el agua hervía, el arroz danzaba, y el mundo cambiaba lentamente. El hombre simplemente observaba la llama. Sabía que manejar el fuego no era controlarlo, sino ajustarse a su ritmo.

Cuando la combustión llegaba a su fin, la llama se volvió pequeña y amarilla— como un pequeño saludo antes de terminar su labor.

Cuando el fuego se apagó, el fogón de mesa conservó su calor residual, suavizando el aire de la habitación.

El hombre pensó: Este fogón no es una herramienta para cocinar. Es un dispositivo para recuperar el tiempo.

Encender el fuego, mirar el fuego, acompañar su final— esa secuencia de gestos restaura suavemente el corazón humano.

Usar un fogón de mesa no es manejar el fuego, sino realizar un ritual para recuperar el propio tiempo.