-Fábula: El Huevo del Final

Después de terminar el ajillo,
el aceite aún tibio en la sartén
se mecía suavemente sobre la mesa.
El pequeño fogón con azulejos azul, blanco y marrón
parecía satisfecho ahora que su primera llama se había apagado.

“¿Encendemos otra?”
preguntó él.
Ella sonrió y asintió.

Cuando encendió el segundo combustible sólido,
una llama azul volvió a levantarse en la boca del fogón,
como una señal discreta que anunciaba el comienzo del segundo acto.

El aceite, que se había enfriado unos instantes antes,
recobró la vida de inmediato,
burbujeando suavemente en cuanto sintió el calor.

Él rompió un huevo
y lo dejó deslizarse con cuidado dentro del aceite.
La clara se extendió despacio,
y la yema flotó como una pequeña linterna dorada.

“Me encanta esta parte”, dijo ella.
Él rió, un poco avergonzado.
“Siento que la noche no termina de verdad sin esto.”

El fuego no tenía prisa.
El huevo tampoco.
El fuego avanzaba al ritmo del fuego,
la arcilla guardaba el calor de la arcilla,
y juntos preparaban el final tranquilo de la noche.

Cuando la yema empezó a temblar suavemente,
rompieron pequeños trozos de pan
y los sumergieron con delicadeza en el aceite alrededor del huevo.

“Está delicioso.”
“Sí… perfecto para cerrar la noche.”

La llama azul oscilaba,
haciendo bailar sus sombras en un movimiento lento y suave,
como si cuidara de la noche misma.

El mini-kamado
nunca fue solo una herramienta de cocina.
Era un instrumento cultural,
una forma de cerrar una noche especial
con belleza hasta el último bocado.

Y el huevo preparado con la segunda llama
no era simplemente un “plato final”.
Era una promesa silenciosa,
la señal de que los dos
volverían a compartir ese fuego en el futuro.