Fábula — El fuego en la cocina nocturna

Cuando el niño se durmió, la calma volvió a la casa.
Ella apagó la luz y se quedó sola en la cocina.
Había pasado el día viviendo para otros — trabajo, tareas, cuidados.
Frente al fregadero sintió una pequeña cavidad en el pecho,
no dolor, sino la sensación de haberse dejado atrás.

En la estantería vio un pequeño mini‑fogón de barro.
Lo puso sobre la mesa y encendió una llama.
Un leve sonido, el aire vibró,
y la cavidad dentro de ella recuperó un poco de calor.

Llenó un cazo con agua y lo puso al fuego.
El metal se calentó, subieron burbujas,
el vapor cambió el aire de la cocina:
humedad suave, olor familiar.
Algo en ella fue tocado.

— Ah… este olor.

Detrás del vapor apareció la cocina de su madre,
la luz del atardecer, un guiso que burbujea,
el rostro de su madre sonriendo.
Un tiempo en que aún era simplemente ella misma.

Calentó una sopa y miró el vapor subir.
No era solo vapor:
era su propio tiempo regresando.

El calor pasó de la lengua al pecho,
y en ese lugar reseco algo volvió a moverse.
Aquella noche respiró hondo.
La cavidad se llenó con el calor del fuego:
la sensación olvidada de volver a sí misma.

A la mañana siguiente,
la luz de la cocina pareció más suave.
Las obligaciones seguían,
pero en su pecho quedaba una pequeña llama.

Al anochecer encendió otra vez el mini‑fogón.
La llama titiló y su calor entró más profundo.
Un hilo tenso se aflojó.
Una lágrima rodó por su mejilla —
no tristeza, sino calor recuperado
en un lugar que llevaba tiempo seco.

La lágrima cayó despacio.
Ella murmuró: «…He vuelto.»
La llama respondió con una luz suave
que descendió hasta el fondo de su pecho.