『El Ajillo del Día Especial』

Aquel día era especial para los dos.
Pero, en lugar de salir a cenar o elegir algo lujoso,
decidieron pasar la noche en su habitación de siempre.

En el centro de la mesa descansaba
un pequeño fogón decorado con azulejos azules, blancos y marrones.
Parecía llevar en sus colores
los recuerdos que habían ido pegando juntos con el tiempo.

En la boca del fogón,
una llama azul se movía con suavidad.
Su luz teñía el aire de la habitación con una calma tibia.

En la pequeña cazuela,
aceite de oliva, ajo picado,
gambas y champiñones.
Al entrar en contacto con el fuego,
el aroma del ajo se elevó lentamente,
y sus cuerpos se acercaron sin darse cuenta.

«Para un día especial, hacer ajillo… me encanta la idea»,
dijo ella, sonriendo.
Él respondió, algo avergonzado:
«No es nada llamativo, pero es lo que más me gusta.»

El fuego no tiene prisa.
El aceite tampoco.
El fuego avanza a su ritmo,
la tierra guarda su calor,
y juntos empiezan a calentar el tiempo compartido.

El aceite comienza a burbujear,
las gambas toman un tono rojizo.
Ellos desgarran un trozo de pan
y lo sumergen suavemente en el borde de la cazuela.

«Quema.»
«Pero está delicioso.»
Esas pocas palabras
eran suficientes para aquella noche especial.

La llama azul,
haciendo bailar sus sombras,
seguía bendiciéndolos en silencio.

El mini-fogón no era solo una herramienta de cocina.
Era un dispositivo cultural
que iluminaba con suavidad su día conmemorativo.

Aquella noche, el ajillo no fue solo un plato.
Fue una luz con la que
confirmaron que seguirían compartiendo el fuego,
hoy y siempre.